Antes de convertirse en teoría, polémica y revolución científica, el darwinismo fue también una experiencia
humana: un joven obsesivo, enfermizo y curioso enfrentado a viajes interminables, dudas, lecturas, hallazgos
y contradicciones. El propio Darwin sitúa en el viaje del Beagle el punto de inflexión de esa metamorfosis. Allí
no solo vio paisajes, especies y fósiles; aprendió a mirar. La observación dejó de ser simple curiosidad y se
convirtió en método; el coleccionismo infantil, en disciplina intelectual; el caos aparente de rocas,
organismos y variaciones, en un orden legible que podía ser interrogado, comparado y comprendido. Como
consigna el destacado biólogo Guillermo D’Elía en el prefacio de la presente edición, estos escritos
biográficos «importan no solo como testimonio personal, sino como una vía privilegiada para observar la
formación de una de las ideas más decisivas de la modernidad: una idea que cambió la forma en que
entendemos el mundo, incluyendo a nuestra especie».
CHARLES DARWIN
(1809-1882)
Naturalista inglés quien propuso que todas las especies de seres vivos descienden de un antepasado común
y han cambiado a lo largo del tiempo mediante un proceso que denominó selección natural. Durante su vida,
la idea de la evolución fue gradualmente aceptada por la comunidad científica y por amplios sectores del
público; sin embargo, la selección natural no fue reconocida como el principal mecanismo de ese proceso
hasta la década de 1930. Hoy constituye uno de los pilares de la síntesis evolutiva moderna.


