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ADELANTO DEL LIBRO PELOTA COSACA

Paolo Guerrero: Túpac Amaru, el tercero. The Clinic

Paolo Guerrero despierta. En la televisión, una nota de prensa muestra: “Llora Perú: TAS falla en contra y Paolo se pierde el mundial”. Dopping positivo por cocaína. El calor de Inti, el recuerdo del Caico y la devoción del pueblo peruano parecían una ilusión, una broma del destino. Bajando del avión –aquella máquina que se erigía como un tótem de su devenir–, taciturno, sintió los vítores de la multitud intentando calmar una impotencia indescriptible. Nadie viró su vista al cielo en aquel momento, pero durante algunos segundos el sol se transfiguró en la imagen de Túpac Amaru II con lágrimas en sus mejillas, mientras una silueta humana alada cruzó la esfera lumínica. El sacrificio final lo indicaba, la profecía era cierta: el regreso del Hijo de Inti no había sido en vano.

Cuando en 1903 Orville Wright logró volar en la localidad de Kitty Hawk el Flyer 1 que diseñó junto a su hermano Wilbur, el alma de Ícaro fue salvada. Su vuelo mortal no sería en vano, y sus alas derretidas por el sol cobraron sentido. El anhelo ancestral de viajar por los cielos se hacía real. La gravedad fue conquistada, pero otros Ícaros pagaron el precio de la osadía. Uno de ellos fue José Gonzales Ganoza, El Caico, que un 8 de diciembre de 1987 cayó junto al Fokker de la Marina de Guerra que lo llevaba junto al plantel y cuerpo técnico del Alianza Lima de vuelta desde Pucallpa, estrellándose a escasos kilómetros del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. El piloto fue el único sobreviviente. Una de las familias directamente conectadas con la tragedia de Lima era la familia Guerrero Gonzáles. La partida del tío Caico fue un mazazo para el clan, pero marcó con particular fuerza al pequeño niño Paolo, que decidió seguir las huellas futbolísticas dejadas por su tío hasta encontrar el significado de aquel inentendible final que se lo arrebató. Dédalo, Ícaro y El Caico trascendieron en Guerrero, provocándose vínculos indisolubles entre su juego y la aventura de conquista de los cielos iniciada por los griegos antiguos. Paolo podía elevarse como ninguno y lejos del sol quemante, flotar los segundos precisos necesarios para ganar un balón y de un frentazo clavarlo en el arco rival. Pronto su nombre comenzó a recorrer el mundo, y el sello de su bravura goleadora dejó huella en Alemania, particularmente en Munich y Hamburgo, cuyos equipos fueron favorecidos con sus proezas.

Este don divino, trascendente legado de la tragedia, le hicieron más claro que nunca su destino y el de la Selección de fútbol de Perú: devolver la gloria a lo que alguna vez fue Tahuantinsuyo. La noción incaica de Ayllu –comunidad familiar que trabaja como colectivo en un territorio– se expresó en su existencia con la misión que hace siglos había iniciado Túpac Amaru: restituir la grandeza del Imperio Inca. La clasificación a Rusia lo comunicó mesiánicamente con su gente en aquella jornada en el Estadio Nacional de Lima cuando el tiro libre de Paolo se coló en el arco colombiano.

Paolo Guerrero despierta. En la televisión, una nota de prensa muestra: “Llora Perú: TAS falla en contra y Paolo se pierde el mundial”. Dopping positivo por cocaína. El calor de Inti, el recuerdo del Caico y la devoción del pueblo peruano parecían una ilusión, una broma del destino. Bajando del avión –aquella máquina que se erigía como un tótem de su devenir–, taciturno, sintió los vítores de la multitud intentando calmar una impotencia indescriptible. Nadie viró su vista al cielo en aquel momento, pero durante algunos segundos el sol se transfiguró en la imagen de Túpac Amaru II con lágrimas en sus mejillas, mientras una silueta humana alada cruzó la esfera lumínica. El sacrificio final lo indicaba, la profecía era cierta: el regreso del Hijo de Inti no había sido en vano.

Pelota Cosaca, Autores: Jerónimo Parada y Andrés Santa María, Editorial La Pollera (2018), 280 páginas.

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