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Pájaros desde mi ventana: impajaritable

En su más reciente poemario, Elvira Hernández trata estados de ánimo sutiles, practica la observación delicada, arriesga teorías ornitológicas y afirma la trascendencia de su voz dentro de la mejor poesía actual.

Pidenes, tórtolas, gorriones, garzas, queltehues, tarabillas, zorzales, gaviotas, carpinteros, loros, pichones, canarios, buitres, gansos, avutardas, albatros, cisnes, tucanes, patos, colibríes, palomas, cóndores, mirlos, cigüeñas y cucos revolotean por las páginas de este poemario sencillo, profundo y hermoso, dedicado, en parte, a la observación de las aves que rodean a la hablante y a las distintas maneras en que ella puede llegar a cobrar atributos ornitológicos. La presencia de plumíferos, sin embargo, no restringe el campo de observación de Elvira Hernández a un solo objeto ni a las metáforas zoomorfas. En un poema titulado A vuelo de pájaro, la autora se declara en contra de la costumbre “de tomar algo por la punta y / agotarlo por el cabo”, ya que “La poesía no es temática. / La poesía habla de todo al mismo tiempo”.

El trasfondo ecologista se aprecia en varios poemas del libro, pero es especialmente memorable en Matapiojos: “Nada queda de las libélulas / que tapizaron los parabrisas / en los años sesenta. / Los insecticidas les dieron / el toque final”. La condición personal viene señalada en Paradoja: “Mientras más vieja me vuelvo / más pajarito nuevo me hago”. Y en Recursos naturales, la hablante establece una relación entre las aves, la explotación de la naturaleza y el oficio de la pluma: “pájaro busca árbol frondoso / para construir nido // hombre busca árbol fibra larga / para fabricar papel // escritor escribe sin levantar cabeza”.

En De aves heráldicas se expresa, a través del cóndor, el juicio a la patria: “No le debe parecer justo que se lo vitupere / como carroñero y se inscriba a su nombre / planes homicidas. Desde su punto de vista / -las elevadas cumbres- ha hecho lo que ha / podido -a costa propia- por asear el espacio / terrestre y los dobleces inmundos de lo que / llaman alma nacional”. Otro tema de carácter político es la ganancia pecuniaria: “El lucro posa para los retratistas / como un ángel / con el trabuco en bandolera”.

Pero Pájaros desde mi ventana no es un manifiesto, no, al menos, bajo la concepción con que comúnmente abordamos el término. Sin embargo, los estados de ánimos sutiles, el descubrimiento de lo supuestamente insignificante, la observación delicada, la sorpresa ante lo ignorado por rutina, la capacidad de elevar ciertas palabras hasta un rango puramente musical y el rigor técnico para reducir conceptos trascendentales a pocas, poquísimas palabras, sí constituyen una proclama, y esa proclama no es otra que un avance dentro de la magnífica obra poética de Hernández.

En cuanto a lo estrictamente ornitológico, hay un poema que llama la atención, puesto que ofrece una convincente explicación histórica al desdén con que los gorriones han sido castigados por siglos. “Esa mirada del medioveo / los discriminó. / Puso a los gorriones / en lugar indigno. / Quizás porque eran adictos al trigo / o por su atuendo. / Espaldar / alpartaz y crestón / no parecían impulsar las cristianas cruzadas”.

Estructurado como un diario cuyas entradas, los poemas, van desde el año 2012 hasta el presente, Pájaros desde mi ventanase inscribe en una tradición que en el pasado tuvo grandes cultores -Whitman y Thoreau, entre otros-, y que hoy en día enaltecen voces como la de la insoslayable Mary Oliver, a quien Hernández le despluma a modo de epígrafe el imperativo de que “un poema siempre debiera tener pájaros”.

Para concluir, sólo iría quedando una interrogante: ¿cazó alguna vez pajaritos la autora de este libro “en esa infancia de provincia”? Sí, lo hizo, pero jamás con honda, sino que “armados con caja palito y lienza / y por supuesto un puñado de trigo”. Hoy ella se alegra de todas.

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