1. Home
  2. >
  3. General
  4. >
  5. Extracciones: Un filósofo [César Aira]

Extracciones: Un filósofo [César Aira]

Publicado en : www.jampster.cl Reseña

Un filósofo (Cuneta, 2019), el nuevo ‘breve inclasifible nonsense’ de Aira, cuenta las extravagantes vivencias de un peculiar filósofo, quien parece haber elegido su oficio más por azar que por su propia voluntad, hecho que lo hará transitar entre el yugo del academicismo y el flujo caótico de sus ideas extravagantes e incoherentes.

 

Había una vez un filósofo que era muy lento con las ideas, no bien empezaban a complicarse él se perdía, tenía que volver atrás, hacer un tremendo esfuerzo de concentración para no extraviarse a la vuelta de una coma o de un punto. Los conceptos, los famosos conceptos con los que se llenaban la boca todos los filósofos, él tenía que tratarlos como un cirujano trata a un órgano enfermo, debía abrir sus fibras con el bisturí de la inteligencia, tratar de que no le temblara el pulso, cerrar los ojos, apartar del pensamiento cualquier otra cosa, tratar de asir lo fugitivo, y repetir diez veces el mismo proceso con cada frase, con cada palabra, y reconocer con infinito desaliento que tanto trabajo podía haber sido inútil al fin de cuentas, porque se quedaba con la duda de haber entendido bien. Lo que para sus colegas era la lengua con que daban los Buenos Días, para él eran jeroglíficos que le llevaban cada uno media hora de penoso desciframiento. A la mitad de cualquier razonamiento un poco sutil debía combatir las ganas de renunciar, como el que sube una montaña o cruza a nado el Océano Pacífico. Como publicaba mucho, más por presión académica que por una voluntad de expresión que en realidad no tenía (si fuera por él no habría proferido una palabra más, y menos la habría escrito) y sus libros y artículos contenían puntos de vista heterodoxos, no pocas veces polémicos, su figura estaba muy a la vista, su nombre era referencia obligada en las actualizaciones bibliográficas; si esto le venía bien en lo profesional, la contracara era que generaba respuestas (creían estar haciéndole un favor), con objeciones a las que debía responder para no quedar como un pusilánime, y eso lo ponía en apuros. Maldecía la ley no escrita que mandaba a los filósofos quedarse siempre con la última palabra. Por su parte se la habría cedido con gusto al que la quisiera. Lo mataba el trabajo de entender las críticas y comentarios que le hacían, confundía una refutación virulenta con un elogio y viceversa, quedaba exhausto después de tratar, sin éxito, de desentrañar los galimatías que le salían al paso sin que los llamara. Tenía que leer una y otra vez lo que habían escrito sobre él o contra él, hacer un resumen tentativo en su cuaderno, un esquema con flechitas, se quedaba con la sospecha de haber entendido todo al revés. La cautela había terminado por volvérsele una segunda naturaleza.

Tenía que moverse con pies de plomo en el campo minado del pensamiento. Lo que más rabia le daba era lo fácil que les resultaba a los demás, a todos los que estaban en la profesión. Corrían con alas en los pies por los enrevesados laberintos que ellos mismos creaban, mientras él daba vueltas en redondo tratando de orientarse, y a diferencia de los niños del cuento las piedritas que iba dejando en el camino para poder desandarlo no eran piedritas sino pompas de jabón que habían estallado y desaparecido cuando se volvía a mirarlas. No era tanto rabia lo que sentía como la melancolía profunda que provoca la injusticia del Cielo. Parecía como si los libros que leían los otros vinieran con un manual de instrucciones. Los que leía él, le oponían una inexpugnable muralla de razones encadenadas. Su voluntad, que había sido de gelatina, se había vuelto de hierro por necesidad. Trabajaba con un ahínco que le arrancaba lágrimas, y al final siempre se las arreglaba para salir del paso. El costo que pagaba era una fatiga mental que se extendía como una supernova vaporosa hasta las fronteras externas del universo. Y se preguntaba si no era peor habérselas arreglado, porque eso volvía a poner a rodar la bola, y tenía que responder a nuevas objeciones, aclararle a otros lo que para él siempre sería oscuro, seguir sufriendo. Lo peor era que debían de creer que lo hacía de un plumazo, como ellos.

La metáfora del camino y las piedritas, que en su caso eran evanescentes plops de desaparición, no estaba fuera de lugar, por el encadenamiento encarnizado en que se sucedían los conceptos en la Filosofía. Había que resistirse a la tentación de saltearse uno especialmente difícil y seguir adelante, porque los que seguían escalaban en la dificultad apoyándose en ése. Era una lectura implacable, que producía una tensión insoportable en todo el sistema nervioso. Los que disfrutaban de eso se le antojaban unos masoquistas. Salvo que fueran todos, autores y exégetas, unos farsantes, y él fuera el único que se la creía. Pero, si bien era una sospecha consolatoria, no podía darle crédito. Habría sido un engaño demasiado complicado y sin ningún provecho salvo hacer sufrir a gente como él. Y si era realmente una farsa, llevaba dos mil o tres mil años representándose; demasiado tiempo para que nadie hubiera confesado. Alguna vez había buscado consuelo en la misma fuente de preocupación. Porque sonaba bien decir que sólo el que tenía que combatir con denuedo para despejar un razonamiento podía llegar a la verdad, mientras que los atletas de la inteligencia, infatuados con su propia facilidad, resbalaban por la superficie del pensamiento, y lo que hacían terminaba siendo convencional y trillado. Quizás de esta paradójica circunstancia derivaba su propio prestigio: la dificultad que experimentaba para transitar el abecé básico de la Filosofía lo hacía adentrarse en los atajos inexplorados y descubrir tesoros. Hasta pensó en escribir un artículo desarrollando el argumento; no lo hizo por temor a delatarse, pero mucho más porque no lo convencía ni siquiera a él. Era bastante inexplicable, para él más que para otros, que hubiera hecho carrera en una disciplina para la que no tenía ninguna disposición natural ni adquirida. ¿Por qué se le había ocurrido hacerse Filósofo, cuando podía haber sido cualquier otra cosa? No se lo explicaba sino en razón del atolondramiento de la adolescencia, edad en que la que se elige una carrera, y el poco tino de la edad, el poco conocimiento de uno mismo y la sobrevaluación de sus propias capacidades, hacen que se tomen rumbos inadecuados, de los que después es difícil volver. Cuando lo felicitaban por sus logros, y por haber llegado a moverse en los más encumbrados círculos de la profesión, él pensaba: “Sí, pero lo estoy pagando con la sangre de mi cerebro”. 

Compartir

Comentarios